— ¡A dónde vas Diógenes!

— ¡A subir la basura!

Es cierto que no hay verdades absolutas. Mal, ya empezamos mintiendo. Vamos a intentarlo de nuevo.

Puede ser que no haya verdades absolutas, pero por mucho que nos empecinemos en contar una mentira una y otra vez no se convertirá en verdad.

El populismo con el que el Ayuntamiento está tratando el tema de la devolución al ‘pueblo’ de los terrenos que hoy ocupan el Hotel Finisterre y La Solana es la mejor muestra de ello.

Se habla de «Un nuevo modelo de ciudad que atienda a las necesidades y deseos de la ciudadanía» y lo que los coruñeses sufren es una ciudad paralizada, con un incremento del paro galopante y muy pocas esperanzas de que en los próximos dos años se pase del panfleto a la acción, de la soflama al trabajo efectivo.

La gestión privada no es peor que la gestión pública por mucho que se empeñen las izquierdas populistas. La utopía comunista no es realizable y, por tanto, en el camino hacia ella lo único que nos pasará es que todos seremos mucho más pobres que cuando empezamos a andar por esa senda.

Un estado democrático donde la defensa de la propiedad privada es el mejor acicate para esforzarse, mejorar, trabajar duro, invertir con seguridad y crear puestos de trabajo empieza a convertirse en nebulosa si miramos con los ojos de los que gobiernan María Pita.

Parece que el colectivismo, la expropiación, la regulación para esquilmar a los que lo intentan en beneficio de los que prefieren vivir como rémoras de un presupuesto público, es lo que está de moda.

Si no ejecuto el presupuesto municipal soy austero y miro por las cuentas de la ciudad, eso es lo que quiero que mis votantes crean. En realidad dejo que mi ciudad pierda oportunidades y que la inversión privada huya hacia otros lares. Gasto no es sinónimo de despilfarro ni de corrupción, es sinónimo de gestionar, de gobernar poniendo el objetivo en lo posible.

En nuestra condición de emprendedores y empresarios estamos un poco hartos de ser sospechosos per se.

Sospechosos de enriquecernos cuando la mayoría estamos preocupados de sobrevivir.

Sospechosos de formar una élite cuando la mayor parte de nosotros somos autónomos esclavizados por la necesidad de resistir, incluso de lograr llegar a cotizar lo imprescindible para una precaria pensión aunque nuestro negocio ya no dé ni para lo que cuesta pagar esa cotización.

Y estamos hartos de que nuestros gobernantes y, en especial, los que llevan la batuta sin tener ninguna capacidad para dirigir orquesta alguna, como sucede en el Ayuntamiento de A Coruña, estén ‘desafinando’ con cada pieza que interpretan, y piensen que para los oídos poco entrenados de los ciudadanos a los que deberían servir, la melodía es música celestial.

Sólo hay dos modelos: el de los que estamos en ASCEGA empeñados en crear riqueza, o el de la Marea, empeñada en gestionar la gran responsabilidad que tienen entre manos, y que se llama A Coruña, con los principios comunistas que, como la historia nos demuestra una y otra vez, no sólo no crean riqueza sino que acaban repartiendo la miseria entre todos.

Un síndrome de Diógenes político en donde se guarda todo lo rancio, lo inservible, lo putrefacto que el comunismo en todas sus versiones provoca.

Y nosotros, como empresarios, preferimos prescindir de síndromes, pelear cada día por hacer del lugar donde vivimos un sitio mejor y siempre, siempre, bajar la basura ideológica y deshacernos de ella para siempre.


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