El gobierno lo ha vuelto a hacer, ha lanzado otro misil a la línea de flotación del emprendimiento.

¡Menos mal que nos gobiernan los liberales de derechas!

La oferta de empleo público, para este año y el que viene, propone 10.323 plazas de turno libre en su convocatoria ordinaria, es decir, aquellas plazas para ser funcionario del estado a las que podrá acceder cualquier persona que cumpla los requisitos establecidos en las bases de la convocatoria correspondiente.

Si a lo anterior le sumamos las plazas de funcionario público correspondientes a promociones internas, convocatoria extraordinaria y algunos puestos ya aprobados para Fuerzas Armadas y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, la cifra se acerca a 30.000 servidores públicos.

Lo malo de las cifras es que las carga el diablo. Desde el punto de vista global, 10.000, 20.000 o incluso 30.000 funcionarios más no significan nada presupuestariamente hablando, como país no nos hacen más pobres de lo que ya somos. Tampoco acabarán con los millones de parados que tenemos, siendo apenas una pequeña muesca en la EPA cuando esos opositores aprueben.

Lo malo de las cifras, en este caso, es que por cada una de las 10.323 plazas de funcionario que se convocan habrá más de 50 personas que orienten su vida a intentar hacerse con la suya, sea como sea, abandonando durante un largo periodo de tiempo cualquier otra posibilidad de ganarse las lentejas.

Y entre el más de medio millón de cerebros españoles orientados a memorizar (opositar es algo  parecido a lo que se está convirtiendo hoy el cole para muchos niños ‘estudiar para aprobar, no para aprender’) estamos seguros de que habría unos cuantos que serían capaces de crear, innovar, ejecutar y hacer grande una idea emprendedora convirtiéndola en una empresa capaz de proporcionar trabajo de verdad (directo o indirecto) a miles de personas.

Lástima, algunos de esos grandes talentos acabarán marchitándose en algún ministerio o, lo que es peor, conspirando contra los empresarios en forma de inspectores de algo y, a otros muchos,   tendremos que esperarlos un par de años para tenerlos de nuevo con nosotros, cuando acaben ‘tirando la toalla’ tras una o varias convocatorias suspendiendo el examen al organismo público correspondiente, o aprobándolo pero quedándose sin plaza, que debe ser una sensación parecida a la que tenían nuestros abuelos cuando jugaban a la quiniela y acertaban una de 12 y acababan cobrando menos pesetas de las que les había costado sellarla, debido a la inmensa cantidad de acertantes que esa semana habían profetizado que el Barcelona perdería con el Elche.

Y además de esos ‘talentos’ que esperamos recuperar para el emprendimiento una vez que hayan dejado atrás su condición de opositores, mucho nos tememos que también acabarán emprendiendo, ‘porque no les quedará otra’, unos cuantos miles de ex-opositores más.

Pero estos lo harán con el ceño fruncido, como cabreados por no haber tenido la ‘suerte’ de sacar la plaza (como si fuese cuestión de suerte y no de estadística, sobre todo cuando hay una sola plaza por cada cincuenta opositores que la pretenden).

Imaginaréis que nos referimos a los famosos emprendedores por necesidad y, como si de paremia se tratase, os diremos que desde ahora mismo les avisamos de que (en muchos más casos de los que nos gustaría tener constancia) “Quienes emprenden por necesidad, fracasan por obligación”.

Lo cierto es que la convocatoria de estas plazas para ser funcionario, y más en los tiempos que corren para el empleo y para los autónomos en España, es como una especie de maná envenenado con el que el gobierno está regando los anhelos de los ciudadanos, adormeciéndolos con cantos de sirena que llevan en sus estrofas frases como ‘sueldo fijo’ ‘para toda la vida’ ‘vacaciones’ ‘bajas’ ‘moscosos’ ‘cotización’ ‘pensión’ ‘derechos’ ‘horarios razonables’ ‘conciliación’, etc…

Ante estas promesas el emprendimiento no puede competir. No está en nuestro ADN ni vemos iniciativas para que lo llegue a estar algún día.

Nuestra sociedad es anti emprendedora en origen: no sólo no enseñamos a nuestros niños desde pequeñitos a amar el riesgo, a equivocarse, a crear, sino que les castigamos por atreverse a hacer cosas nuevas, les penalizamos por fracasar, les matamos su creatividad, los ‘normalizamos’. Es  habitual que, cuando llegan a mayores, lo de ‘sacar una oposición’ ocupe los primeros puestos en su orden de prioridades.

Además los españoles criticamos al empresario sólo porque envidiamos una fachada de aparente ‘riqueza’ que muchas veces no proyecta su verdadera realidad, una realidad que no nos molestamos en conocer y que esconde grandes dosis de sufrimiento e incertidumbre.

Por tanto (nos han educado así) casi nunca estamos dispuestos a sacrificar el cierto bienestar y  la falsa seguridad que residen en el ‘que alguien piense por nosotros’, porque preferimos que nos den las cosas hechas, al riesgo natural de crear algo que puede que no funcione o que no cumpla nuestras expectativas, pero que verdaderamente nos apasione.

Y si el que piensa por nosotros es papá Estado… muchísimo mejor. El Estado es ese padre que, tras la oposición, nunca nos va a echar de casa por muy mal que nos portemos.

¿Emprender? ¿Empresario? ¿Estás de coña?

¿Y si los opositores españoles, en vez de futuros funcionarios públicos, sólo pudiesen aspirar a ser futuros empleados públicos, es decir, personas que pudiesen perder su puesto de trabajo si no son lo suficientemente productivos y eficientes?

¿Deberíamos, en ese particular, tomar ejemplo de esos países que siempre se utilizan como paradigma del ‘deber ser’ y como rasero para denostar al nuestro?

Lo decimos porque, en la siempre tan mentada Suecia, país nórdico de inmensas excelencias en tantos y tantos ámbitos -dicen- de las que España carece, sólo el 1% de los empleados públicos es funcionario (y sin embargo, porcentualmente, tiene un número mayor de personas trabajando para el Estado que nosotros y, curiosamente, los suecos perciben su administración pública como algo eficaz).

Quizá con este ‘pequeño’ cambio de criterio, y con un proceso de selección más parecido a los que tienen lugar en la empresa privada, habría hueco para que ‘emprender’ se convirtiese en una alternativa más.

Y, aunque nunca fuese la primera alternativa en la mayoría de los casos, sería algo a considerar como válido por quién busca una salida laboral: un gran avance como país (imaginamos que el porcentaje más grande de ‘personas buscadoras de empleo’ siempre optaría por lo más fácil, y precisamente ser empresario en España no ha sido fácil ni lo será nunca, pero al menos estaríamos en el buen camino).

Seguro que necesitamos renovar la envejecida función pública, hacerla eficiente (palabra que se usa más en el ámbito privado), dotarla de mayores medios para que los funcionarios sean verdaderos servidores del resto de los ciudadanos, por eso pensamos que sacar miles y miles de plazas sin cambiar ciertos criterios de lo que debe ser un funcionario no es la mejor solución, excepto que con ello se busque hacer un paripé político ahondando en el tan repetido mantra de ‘ya hemos salido de la crisis’ o reforzar las huestes (especialmente en la Agencia Tributaria) para  amedrentar a los sufridos autónomos a los que poco más se les puede exprimir.

Ahora bien, digamos la verdad, el bienestar y la riqueza (y por tanto el empleo) en un país democrático de corte liberal lo crean las empresas, no el Estado, por tanto: ayudemos a las empresas, especialmente a las pequeñas, y hagamos que todos los funcionarios o empleados públicos que, de un modo u otro, trabajan en relación con ellas, se pongan a disposición de las mismas, que les resuelvan problemas y no que se los creen, que les traten con la presunción de inocencia del posible error administrativo cometido por su ignorancia y no con el estigma de la culpabilidad implícita por una intrínseca intención de defraudar sólo por el hecho de ser empresarios.

¿Necesitamos más funcionarios? Rotundamente no.

Deberíamos empezar hoy mismo en España a ‘hacernos los suecos’ y lograr así que, en las próximas décadas, trabajar para la Administración Pública sea una alternativa más que tenga que competir por el talento con la empresa privada y, muy especialmente, con el increíble espíritu emprendedor.



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