Los ingleses, poéticamente, utilizaban esta expresión para identificar las dos causas que provocaron la revolución francesa: indignación y hambre.

Los mismos ingredientes se están cociendo a fuego lento en la caldera social española.

Muchos españoles dentro del recipiente, algunos fuera avivando el fuego y los menos aportando la leña necesaria para que ese fuego no se apague nunca.

Si observamos desde arriba esa marmita inmensa, vemos que no todos los hambrientos e indignados se cuecen por igual. Si nos fijamos con detalle, pareciese que algunos, los más enrojecidos, nadasen.

Es el espejismo autónomo. Una suerte de visión que, a los ojos de un no iniciado, puede parecer lo que no es.

El colectivo más damnificado por la crisis, quemándose vivo en una mezcla de sudor y sangre, pero todavía con ganas de moverse. Nada extraño, es lo que les ha enseñado su larga experiencia: si no te mueves te mueres.

 

Al contrario que el resto de los ocupantes del caldero mutado ya en caldera, los autónomos creen que su piel es calorífuga y la mayoría padecen el síndrome de la rana hervida que tan bien fabuló Olivier Clerc hace muy pocos años.

Si echamos un autónomo en una olla con agua fría y, muy lentamente, vamos calentando ese agua hasta que hierva, el autónomo seguirá intentando nadar en ella hasta morir cocido.

 

 

Esto es así porque un autónomo es lo suficientemente inteligente para no tirarse a una piscina de agua hirviendo y suficientemente ingenuo para pensar que si el agua de esa misma piscina está fresca nadie será capaz de hacerla hervir.

Y mientras tanto unos pocos enriqueciéndose con la leña y otros pensando que se libran de acabar cocidos porque son instrumentos necesarios para mantener vivas las llamas. ¡Ingenuos! no saben que algún día serán tan combustibles como el último de los troncos que hayan colocado bajo el caldero.

En la olla española de inmensa hambre y no menos cabreo ya no sirve comerse a los que flotan inermes, ahora hay que matar para alimentarse y esto empieza a resultar desagradable.

¡Tomemos la Bastilla! Aunque dentro no haya más que presos simbólicos.

¡Rompamos el caldero! Qué el agua hirviendo también apague fuegos.

La revolución tiene que ser ‘Autónoma’. Son los únicos que pueden respirar bajo la ciénaga de hambrientos e indignados en que se ha convertido el sistema. Los únicos capaces de abrir grietas  para que ese cocedero putrefacto acabe estallando y salve a todos los que allí esperan atrapados una muerte ciudadana.

Metáfora. Sí. Pero más real que la realidad misma. Fuego, leña, caldero, sangre, hambre, indignación ¿qué es sino una revolución más que intentar lograr la mitad de la mitad de una utopía?  

Si lo conseguimos, y el líquido ardiente apaga las llamas, por favor, que alguien no muy escaldado se ocupe de los de la leña.

 

Escrito por Manuel Dafonte (socio de ASCEGA) en A Coruña a 30 de mayo de 2016.

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