Probablemente hablar de pensiones para muchos sea hablar de futuro, pero actualmente representa el presente de casi nueve millones de personas, una cifra que crece mensualmente y que lo hará de una manera mucho más acelerada cuando se incorpore al sistema la generación del baby boom, la de aquellas personas nacidas en los años 60 y 70 del pasado siglo.

Tenemos actualmente 2,3 cotizantes por beneficiario y el sistema diseñado en el pacto de Toledo ya se muestra ineficaz para afrontar el nuevo reto, lo que ha obligado a abandonar el histórico referenciado al IPC en lo tocante al mantenimiento de su capacidad adquisitiva y ha provocado que las pensiones se deterioren de manera acelerada.

La Seguridad Social pasó de contar con un superávit de más de 14.000 millones de euros al inicio de la crisis a registrar un déficit de casi 19.000 millones al finalizar el 2017, todo ello a pesar de batir récords de altas y de encadenar tres años de crecimiento económico al 3 %; alguna pista debiera darnos esta realidad.

Probablemente la lógica que presidió los acuerdos del Pacto de Toledo en 1995 ha variado de manera importante tras la crisis del 2008. Actualmente se pelea por volver a vincular los incrementos de las pensiones al IPC, algo que debiera ser irrenunciable, pero sin abordar a fondo las reformas necesarias para asegurar la supervivencia del sistema en el plano de los ingresos, que es donde sin duda está el meollo de la cuestión.

No creo que la solución pase por adaptar el sistema a un mero cálculo actuarial destinado a devolver a cada cotizante en forma de pensión lo aportado en su momento, mejor o peor capitalizado; sería olvidar que los pensionistas son personas en una merecida fase de descanso después de haber trabajado muy duro y durante muchos años por sacar adelante nuestro país.

Así pues, si parece arriesgado seguir haciendo depender el equilibrio de nuestro sistema de pensiones de la mejor o peor evolución de la economía, no parecería disparatado girar el discurso y, al igual que se hizo en su momento con la universalización de la sanidad, hacer lo propio con el sistema de pensiones y nutrirlo directamente de la caja general del Estado en lo tocante al establecimiento de pensiones mínimas dignas. Si no se comparte este deseo bajo el paraguas de la necesaria justicia y solidaridad, al menos desearíamos que se compartiese bajo criterios de eficacia distributiva de rentas, algo tan indispensable en el nuevo sistema de concentración asimétrica de riqueza que actualmente impera y que nos va a llevar de crisis en crisis; y ello porque existiendo más riqueza que nunca en la historia de la humanidad, jamás fue tan imprescindible un eficaz reparto de la misma para evitar los sucesivos colapsos del sistema, y para ello los jubilados son probablemente los mayores y más eficaces distribuidores de renta que una sociedad pueda desear. Sin esos pensionistas sosteniendo hijos y nietos, habría sido imposible el mantenimiento de la paz social durante los peores momentos de la crisis. Por ello la garantía de una pensión mínima universal decente a cargo del sistema debiera de constituir un eje de cualquier política pública y para financiarlo no debería recurrirse al actual sistema de cotizaciones, el cual podría funcionar en un segundo tramo y mucho más reducido, sino con cargo a la caja del Estado nutrida entre otros por los beneficios empresariales: ganarían en competitividad las empresas y en seguridad los pensionistas.

A los apologetas del déficit mínimo, querría recordarles lo que el sindicato de técnicos del Ministerio de Hacienda (GESTHA) refiere cuando se trata el tema del agujero fiscal que padece nuestro sistema recaudatorio, sus conclusiones son bien claras: hay dinero sin elevar la presión fiscal por el simple procedimiento de que todos cumplan la normativa y se acabe con las ventajas fiscales que devalúan por completo la deseable tributación de muchas grandes corporaciones. En la época de la robotización, la generación de riqueza está más que asegurada, es en su justa y correcta distribución donde reside el equilibrio del sistema. Algo tan sencillo solo requiere de voluntad política reformista, justo algo que hasta la fecha parece ausente.

No tendremos futuro como sociedad si no se convierte a las personas en el eje de las políticas económicas.

 

NOTA: ASCEGA no comparte necesariamente, ni se responsabiliza de las afirmaciones, tesis u opiniones vertidas en este artículo, siendo su autor el único responsable de las mismas.

 

ATRIBUCION:

Artículo publicado por primera vez en https://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2018/03/22/pensiones/0003_201803G22P16993.htm

Fotografía original de Eduardo Pérez (La Voz de Galicia)

 

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